En defensa de la vida.

 Por: Jhon Jairo Rodríguez Llanos

 

Para muchos, no pareciera ser suficiente con la abundante evidencia que tenemos a la mano acerca de las consecuencias desastrosas –psicológicas y sociales- del aborto inducido.

 

 

Alrededor del aborto hay ciertamente opiniones encontradas. Una discusión que ha tomado fuerza en nuestros días y que pareciera no tener fin. Muchos, se han atascado en un discurso hegemónico, superficial y amistoso, apoyado en medios de comunicación, que reivindica el fin de una vida –y la destrucción de la vida de la mujer- como algo positivo, agotando todos los medios y recursos (discursivos, retóricos) disponibles para hacerlo pasar por una “necesaria política de salud pública”, como algo que representa un avance para el país en materia de salud reproductiva y derechos humanos. Para muchos, no pareciera ser suficiente con la abundante evidencia que tenemos a la mano acerca de las consecuencias desastrosas –psicológicas y sociales- del aborto inducido.

Afortunadamente, somos de los pocos países en los que la marea ideológica del aborto no ha sido tan ardua, o al menos, no se ha desarrollado tanto como en otros países de la región –como Argentina o Chile-. Un tipo de fanatismo ideologizado en el que se presenta la legalización del aborto como el punto cúspide en la evolución de una sociedad, pasando por alto cualquier tipo de discusión civilizada y tachando de machista o retrógrado a todo aquel que se oponga. Y es que las consecuencias que el aborto inducido deja en una mujer no son pocas: van desde problemas comportamentales, trastornos psicológicos, hasta tendencias suicidas, en casos más graves. Un trabajo de investigación adelantado por la facultad de medicina de la Universidad Católica de Valencia (España) que recoge diversos estudios llevados a cabo en Noruega, Australia y Estados Unidos sobre este tema, con mujeres que se han sometido a un aborto y con mujeres que no, declara la siguiente –devastadora- conclusión:

“Esta revisión sistemática pone de manifiesto que las mujeres que han abortado tienen un 81% más de probabilidades de padecer problemas mentales que las que no lo han hecho. Además, la posibilidad de sufrir problemas de ansiedad es en ellas un 34% mayor, y un 37% la de sufrir depresión. También es un 110% mayor la posibilidad de caer en el alcoholismo y un 220% mayor la de consumir marihuana.”

Otro estudio realizado por el Instituto para la Rehabilitación de la Mujer y la Familia A.C. (México) que podemos encontrar en la revista de Pensamiento Psicológico de la Pontificia Universidad Javeriana, en el que participaron 287 mujeres, de las cuales 201 se sometieron a un aborto y 86 sufrieron una pérdida involuntaria, concluyó que el 61.2% de las mujeres que se sometieron a un aborto presentan TEPT (Trastorno de Estrés Postraumático). Además, en las pruebas de Beck y CES-D, instrumentos para la medición y categorización de la depresión, las mujeres que se sometieron a un aborto obtuvieron los puntajes más altos. Los resultados sugieren un panorama desolador para la vida post-aborto de dichas mujeres: Trastorno de estrés postraumático intenso y estados depresivos más severos.

¿Conocen esta realidad quienes repiten, cínicamente y con insistencia, que su mayor preocupación es la integridad física y psicológica de la mujer? O peor aún, quienes callan ante esto por considerarlo un aspecto de la “vida privada” de cada persona, algo en lo que nadie debería, según ellos, intervenir. Tanto instituciones (como Profamilia, Amnistía Internacional, Planned Parenthood, la OMS) como individuos (políticos, figuras públicas, activistas) pecan en esto.

Pero, llegados a este punto, ¿podemos definir entonces el aborto, únicamente, como un procedimiento inseguro en el que la vida de la mujer queda marcada para siempre? Por desgracia no. Esto va más allá: se trata también de un procedimiento en el que un ser humano –así reconocido por la ciencia moderna- inocente pierde su vida.

En base a fundamentos genéticos y científicos, podemos decir, sin dejarnos enredar por discursos ideológicos, que la vida de los seres humanos tiene un inicio, y ese inicio es la concepción. La concepción es el momento en que se juntan el espermatozoide y el óvulo. El aborto lo que hace, más que “interrumpir”, es finalizar violentamente una vida humana que se estaba formando.

“Me opongo al aborto. Lo hago, en primer lugar, debido a que acepto lo que es manifiesto a nivel biológico —que la vida humana comienza en el momento de la concepción— y, en segundo lugar, debido a que creo que es incorrecto tomar una vida humana inocente, cualquiera sea la circunstancia. Mi postura es científica, pragmática y humanitaria.” Declaró el médico obstetra ginecólogo asistente del Centro Médico Columbia-Presbyterian de Nueva York, durante 27 años, el Dr. Landrum Shettles, pionero en el campo de la biología. Y es que no es necesario ser un reconocido científico o graduarse de medicina para dar con que la vida humana es un continuo que se ve truncado con el aborto: es sentido común.

También están los que se escudan aduciendo alguna especie de conspiración religiosa contra los derechos humanos o los derechos sociales, los cuales defiendo fervientemente. Aclaremos algo: defender la vida de un inocente, poco o nada tiene que ver con doctrinas religiosas. De hecho, buena parte de los argumentos repasados a lo largo del presente artículo, son meramente extracciones de lo que, hoy por hoy, nos dicen los estudios y la ciencia.

En síntesis, creo importante y necesario mirar hacia adentro, a nuestra conciencia, y plantearnos la cuestión: ¿Estamos dispuestos a amar, valorar y, por consiguiente defender, la vida humana en todas sus formas? Más allá de ideologías políticas o etiquetas. En una sociedad decadente como la nuestra, estas preguntas pueden servir de guía para tomar decisiones que nos beneficien como colectivo y, por sobre todas las cosas, defender el derecho más importante de nuestra constitución y del mundo: el derecho a la vida.



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